Hay gestos que delatan más que cien homilías o mil documentos sinodales. En la liturgia, los gestos no son neutrales: confiesan.
El obispo Michael Martin, llegado a Charlotte (EE. UU.) en 2024, no fue nombrado para reconstruir una diócesis en ruinas. Todo lo contrario. Recibió una Iglesia local rebosante de vocaciones, parroquias llenas, fieles jóvenes, familias numerosas y una piedad eucarística visible, pública y sin complejos. Una diócesis que funcionaba. Y ya se sabe: en determinados ambientes eclesiales, eso resulta imperdonable.
Desde su llegada, la hoja de ruta ha sido clara: asfixiar la Misa tradicional, hostigar a comunidades fervorosas y, como último episodio, prohibir los comulgatorios y la comunión de rodillas. El problema, se nos dice, no es la irreverencia contemporánea —esa que campea sin freno—, sino la devoción “excesiva” de unos fieles…
Autor: Miguel Escrivá
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