En verano cambian muchas cosas. Cambia la ciudad por la playa o la sierra, la ropa de diario por la ropa ligera, el atasco por el paseo, la alarma del despertador por un horario más humano. Cambia incluso el modo en que miramos el tiempo: de pronto parece ensancharse, como si el calendario aflojara la presión sobre el pecho. Pero hay algo que no cambia, aunque a veces actuemos como si sí: Cristo sigue esperándonos en la Eucaristía.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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