El otro día, iba por la mañana en el coche y, como es habitual en las ciudades, tenía prisa. No sé si los lectores habrán experimentado el mismo fenómeno paranormal, pero, por alguna razón, en cuanto uno tiene prisa, los demás conductores se transforman por arte de magia en caracoles reumáticos o tortugas bamboleantes, según su sexo. Nadie conduce ágilmente. Se pone en verde el semáforo y hay que esperar media hora a que arranquen. Parecen dedicados a contemplar el paisaje con toda la calma del mundo, parándose a cada instante para oler una flor o meditar sobre la relación entre el sentido de la vida y el chocolate con churros.
Como imaginarán, mi impaciencia iba aumentando sicut volcanus immensus, apretaba con fuerza el volante y mis pensamientos sobre los demás conductores estaban lejos de ser caritativos. Por fortuna me salvó (no por primera vez), la costumbre…
Autor: Bruno Moreno
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