Decir hoy que una tiene director espiritual genera, como mínimo, extrañeza. En algunos ambientes suena a dependencia mal entendida; en otros, a una especie de lujo reservado para almas especialmente piadosas. No faltan quienes lo ven como una renuncia a la libertad personal o como una señal de inseguridad interior.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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