Hace tiempo que hemos aceptado un marco equivocado, un marco que nos lleva a defendernos con argumentos de consolación ante ataques evidentes contra la fe y las expresiones religiosas.
Cada vez que ocurre una profanación, ya sea una imagen decapitada, un altar destruido o una blasfemia mediática, nos limitamos a decir: «Han herido nuestros sentimientos religiosos». Pero ¿acaso se trata solo de eso? ¿De nuestra ofensa personal? No. Es Dios quien ha sido ofendido.
El problema es que hemos interiorizado el lenguaje de nuestros agresores. El «sentimiento religioso» es un concepto reduccionista y vacío, diseñado para encasillarnos en el terreno de lo subjetivo, de lo emocional. Como si la fe se redujera a un capricho más, comparable a la afición por un equipo de fútbol o a un hobby de domingo. Pero aquí no estamos hablando de sentimientos; estamos hablando de Dios. Y cuando…
Autor: Jaime Gurpegui
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