Vimos en un artículo anterior que Voltaire escribió una máxima que conserva la agudeza propia de los espíritus tibios que merodean el umbral sin decidirse a cruzarlo: «Juzga a un hombre por sus preguntas antes que por sus respuestas». Quizás el viejo filósofo de Ferney no sospechaba que, al trazar ese criterio de discernimiento intelectual, estaba ofreciendo, sin saberlo, la llave exegética más pura para adentrarse en el Evangelio.
Autor: Francisco Segarra
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