Existe un axioma tan viejo como el comercio de ultramar y tan infalible como el dolor de muelas del que nadie se libra: el ser humano habla siempre con un entusiasmo desbordante de aquello de lo que carece. El magnate cuya cuenta corriente haría palidecer de envidia al mismísimo Banco de Inglaterra suele obsesionarse con la idílica y barata paz del campo; la dama cuya silueta evoca de manera inevitable la elegancia de una aguja de iglesia suspira por los kilos perdidos en el olvido, y el caballero de fisonomía francamente desatendida por la naturaleza insiste en discurrir sobre los sutiles matices de la belleza clásica.
Autor: Francisco Segarra
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