Hay algo en la agonía de Nuestro Señor que me consuela hasta las lágrimas. No me refiero a las estampas dulzonas donde Cristo parece dormir sobre la cruz con la serenidad de un príncipe oriental, ni a esas piadosas falsificaciones donde el Redentor expira con una sonrisa tenue, como un asceta satisfecho de sí mismo. Ni siquiera la cinematográfica belleza trágica del Cristo-Caviezel de Mel Gibson. No. Todo eso pertenece a la religión de los satisfechos, de los burgueses, de los corazones encerados, de los devotos que jamás han temblado de espanto ante el sufrimiento verdadero.
Autor: Francisco Segarra
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