En Lucas 12, 8-12, Cristo arranca a sus discípulos de una fe reducida al ámbito privado. Confesarlo no consiste en exhibirse ni en convertir el Evangelio en una consigna; significa vivir y hablar de tal modo que no neguemos a Aquel a quien pertenecemos. San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, muestra que ese testimonio nace de la comunión eucarística y del amor a la Iglesia, no de una voluntad heroica aislada.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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