Por Michael Pakaluk
La conversión de san Agustín comenzó, según su propio testimonio, cuando, siendo un muchacho de diecinueve años —más o menos la edad de un universitario de segundo año hoy en día—, se encontró con un diálogo de Cicerón titulado Hortensio:
“Definitivamente, cambió la dirección de mi mente, transformó mis oraciones a Ti, oh Señor, y me dio un nuevo propósito y ambición. De repente, toda la vanidad en la que había puesto mi esperanza me pareció inútil, y con un deseo increíblemente intenso anhelé la sabiduría inmortal. Había comenzado ese viaje hacia lo alto por el cual había de volver a Ti.” (Confesiones, III.4)
Más adelante, tras años de búsqueda y aún atrapado por el maniqueísmo y los deseos carnales, juzgaría su progreso a la luz de aquel primer encuentro:
“Mi mente estaba muy agitada al recordar cuánto tiempo había…
Autor: The Catholic Thing
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