Imagina una justicia donde al denunciante lo escuchan —cuando quieren—, pero nadie toma nota. No se levanta acta, no se graba, no se firma nada. Lo que el fiscal o el instructor recuerden de memoria ya servirá.
Imagina que pasan casi dos años sin que se tome declaración formal a las víctimas. Y que cuando se hace sea sin entregarles copia alguna de sus palabras.
Imagina que el denunciante no puede acceder a una sola hoja del expediente. Que no sabe qué testigos han sido llamados, ni qué pruebas se han valorado, ni qué conclusiones se han alcanzado. Que las decisiones se adoptan en despachos donde nadie entra, y que cuando el caso se archiva, nadie se lo comunica: el denunciante se entera tres meses después, por casualidad, como quien descubre su propio final en el boletín parroquial.
Imagina una justicia donde el secreto no protege a las víctimas, sino al…
Autor: Miguel Escrivá
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