La del sacerdote misionero Christopher Hartley no es una voz complaciente ni conformista. De los 43 años transcurridos desde su ordenación, tan solo ha pasado 22 meses en su España natal. En ese tiempo ha ido donde nadie más quería, o donde nadie se atrevía: fue expulsado por el gobierno de República Dominicana y celebró la primera misa en una región de una Etiopía totalmente islámica. Ahora, en el México profundo, lleva el Evangelio allí donde la Iglesia no ha ido en siglos, y donde ni él mismo recomienda ir. Ni siquiera a ayudar. Lejos de quedarse en los frutos de su labor o de conformarse con las estadísticas, lamenta que, en muchos lugares, o bien la Iglesia no llega o es reemplazada por los evangélicos.
Autor: José María Carrera Hurtado
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