Ayer tocó, entre las cuatro misas parroquiales y las confesiones en cada una de ellas, una más, pero esta vez bastante particular.
Era una «misa de campaña», era el Santo Sacrificio pero no ofrecido en una capilla dedicada al Dios verdadero, sino en una donde se tributan sacrificios a Baal: la clínica central de la abortera Planned Parenthood en San Francisco.
Y allí fuimos, bajo la lluvia y el frío, contentos por hacer algo ante este crimen que tiene anestesiados a miles de millones de almas, incluso aquellas que se «autoperciben» cristianas.
Éramos apenas un puñado de familias; no éramos héroes ni nos sentíamos como tales. Sólo queríamos rezar en un lugar emblemático, especialmente por las mamás que debieron tomar esta decisión y por los ejecutores de esos actos que -no me cabe duda- no tienen conciencia de lo que hacen en la inmensa mayoría de los…
Autor: Javier Olivera Ravasi
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