Decía Chesterton, con su habitual genialidad, que el catolicismo es la religión del vino, la cerveza y la carne, mientras que el protestantismo parece preferir el agua, el té y las galletas secas. Algo de razón debía tener, aunque quizá se quedaba corto. Porque la diferencia entre católicos y protestantes a la hora de enfrentar los placeres cotidianos de la vida —comida, bebida y sexo— no es meramente gastronómica, sino teológica.
Para el protestante clásico, heredero espiritual de Lutero y Calvino, la sospecha hacia el placer es prácticamente una obligación. El mundo y sus deleites parecen ser una trampa diseñada por el demonio para distraer del camino recto hacia la salvación. La comida debe ser frugal, la bebida moderada hasta el extremo de la abstinencia, y el sexo… bueno, si hay que hacerlo, será con austeridad germánica, poco frecuente y con cierta…
Autor: Carlos Balén
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