Cuando Carolina Muñoz pisó un dojang por primera vez solo pudo llorar… durante días.
Era solo una niña, también relativamente nueva en Estados Unidos tras su llegada de Ecuador tres años antes. Su baja estatura no ayudaba a la hora de enfrentarse a grandes rivales.
Un rápido crecimiento mental y espiritual le llevaría a alcanzar la cúspide mundial de las artes marciales, pero también a superar todas las barreras en la fe hasta convertirse en una convencida evangelizadora… y en «campeona de Cristo».
Fue precisamente su inseguridad por su baja estatura (hoy no supera el metro y medio) la que llevó a que su madre la apuntase a artes marciales, tras ver los buenos resultados en su hermano mayor.
«Me empujó a la habitación, yo me agarraba a ella. Lloré la primera semana de clases, pero luego me di cuenta de lo divertido que era y del bien que me hacía. Descubrí…
Autor: Jesús M.C.
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