“En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de alegría la criatura en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo… Entonces María dijo: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…’” (Lucas 1, 39‑56).
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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