Alfonso Ussía fue, hasta el último día, el gran outsider. No por vivir en los márgenes, sino por el pequeño detalle de no aceptar jamás las reglas no escritas del conformismo. Mientras el oficio periodístico se arrellanaba en el tibio consenso —esa temperatura agradable para las opiniones sin riesgo— Ussía seguía afilando la pluma como quien afila un estoque: con serenidad, precisión y una pizca de picardía. Su humor ácido —tan suyo, tan elegante, tan exacto— fue para muchos un arma de combate. Para mí, además, una escuela. No porque me enseñara a imitarlo (tarea suicida), sino porque me obligó a entender que la ironía, cuando es verdadera, no nace del cinismo, sino de una claridad moral tan luminosa que permite reírse incluso de lo serio… y de uno mismo.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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