Hay una forma muy eficaz de desperdiciar talento: fijar por decreto la fecha de caducidad. Y en la Iglesia lo hacemos con una serenidad burocrática que ya la quisieran en la Seguridad Social. A los 75 años, el obispo presenta la renuncia. No porque esté incapacitado. No porque haya perdido la fe, la cabeza o la voz. Simplemente porque cumple años. Como si el Espíritu Santo —perdón: el calendario— soplara con especial intensidad en las velas del 75.
La idea, además, viene con etiqueta de “reforma” moderna: se consolidó en la época de Pablo VI, cuando se decidió que lo pastoral debía llevarse con el mismo entusiasmo con el que se gestionan las jubilaciones en una ventanilla. Queda muy razonable en papel: “renuncie a los 75”. Lo que no queda tan razonable es la pregunta obvia: ¿por qué 75? ¿Por qué no 72, 78 o “cuando ya no puedas con el alma”? La…
Autor: Carlos Balén
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