Autor: Juan Cadarso
A medio camino entre Jerusalén y Tel Aviv, en la frontera con Cisjordania, se encuentra el único monasterio de monjes cistercienses de todo Israel. Sobre un pequeño valle, entre campos de olivos y parras de vino, se levanta esta majestuosa abadía, fundada el ocho de diciembre de 1890 por hermanos trapenses de Sept-Fons (Francia).
Edificada sobre un antigua fortaleza cruzada y de una aldea de agricultores, el monasterio es famoso actualmente en todo Israel por una cuestión muy especial. Católicos, cristianos de cualquier confesión y los propios judíos, recorren los poco menos de veinte kilómetros que la separan de Jerusalén para hacerse con una botella de sus preciados vinos. En el estricto silencio de sus constituciones, que cumplen con especial observancia, y en la intensa oración de sus liturgias, los monjes cultivan una tercer pata: el trabajo.
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