En una emotiva homilía, pronunciada en el primer funeral de Estado por las víctimas del terremoto que destruyó la ciudad italiana de Amatrice, el obispo de esa diócesis confesó que le había dirigido a Dios esta pregunta desolada: «¿Y ahora qué hacemos?» Con todo el afecto que me suscitó tan enorme tragedia, quisiera sugerirle lo primero que conviene hacer en esos casos: explicar a los fieles desconcertados el verdadero sentido del “silencio de Dios”.
Tras la doble tragedia que golpeó a Japón en 2011, un periodista manifestó en un programa de radio: «Fueron horribles el terremoto y el tsunami. No lo entiendo, pero lo acato. Esta fue la voluntad de Dios. La acepto porque tengo fe». Esta declaración denota una buena actitud, pero convendría que llevara el apoyo de una explicación bien articulada.
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Autor: Alfonso López Quintás
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