Hace unos años, cuando se comenzó a hablar de “sinodalidad” como el gran camino para el futuro de la Iglesia, algunos ingenuos creyeron que se trataba de escuchar, dialogar y caminar juntos. “Qué bonito suena”, pensaron. “Seguro que será una Iglesia más cercana, menos burocrática y más abierta a las realidades locales”. Pero, como siempre, la realidad supera al marketing.
Lo que no sabían estos románticos de la fe es que sinodalidad significa, en lenguaje práctico, que un señor en Roma con un papelito decide cómo, cuándo y dónde se celebra una Misa tradicional en un pequeño pueblo de Texas. ¿Sinodalidad? Claro, siempre y cuando la «sinodalidad» sea gestionada desde un escritorio a 12.000 kilómetros de distancia, con una precisión quirúrgica digna del mejor burócrata. ¿La comunidad local? ¿El sentir de los fieles? Detalles insignificantes. Roma sabe…
Autor: Jaime Gurpegui
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