Por David Warren
Entre las emociones de estar completamente inmóvil, o casi, se cuenta el hecho de que eso mantiene a uno alejado de las librerías. Por fin se tiene la oportunidad de leer aquello que uno iba posponiendo «para cuando me jubile».
Los compradores irresponsables de libros han ido acumulando invariablemente obras para leer entonces, «cuando tenga mucho tiempo». Por desgracia, con el avance de la edad llega la revelación de que uno no tiene tanto tiempo.
De hecho, al comenzar esta columna me entero de que un viejo amigo cercano, a quien conocía desde que tenía veinticinco años, ha muerto a la que yo una vez consideré la venerable edad de ochenta. Justo estábamos empezando a hablar de ciertas cosas, y reflexiono: «Si Julián pudo morir, cualquiera puede morir».
Y créanme, el invierno canadiense es una mortificación. Es una de las muchas ventajas de vivir en…
Autor: The Catholic Thing
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