Desde que nació, Juan José Guerrero vivió la tormenta perfecta para llegar a la delincuencia. Con sus padres separados a los tres meses de nacer y siendo rechazado por ellos, vivió con su abuela hasta que murió cuando él tenía 12 años. Entonces pasó a ser el «niño monopatín«, turnándose cada mes para vivir en la casa de sus tíos durmiendo en sofás durante años, mientras acostumbraba a decir en la escuela que su padre estaba muerto.
La vida callejera de rabia y rebeldía le acompañó durante años, hasta que misteriosamente pasó a ser la herramienta con la que cambiaría cientos de vidas. Sin Dios, asegura, no habría sido posible.
Fue precisamente esa ausencia de estabilidad familiar lo que le llevó desde muy joven a «pelear con Jesús» y aliarse «con el mal». «Educado en la calle» y sin ningún referente de qué valores morales debía seguir en su vida, Juanjo admite con perspectiva que…
Autor: ReL
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