La indisolubilidad conyugal no es una pesada carga que se impone al matrimonio (el “así no trae cuenta casarse”, que pensaron los apóstoles cuando Jesús restauró la indisolubilidad primera). El matrimonio para siempre es una protección del amor eterno. Muchos lo sabrán por experiencia y otros con nostalgia, pero lo sabemos todos. La explicación más tropical y exótica la dio un danés soltero. Kierkegaard nos desentrañó con gracia y picardía el mecanismo. Cuando una mujer y un hombre están en una isla desierta para toda la vida, pueden discutir, pero seguro que harán las paces bastante rápido. La indisolubilidad es esa isla metafórica y tropical.
Esta vez vengo a usarla de analogía. También la amistad se refugia en la indisolubilidad. Cuando los amigos son viejos (por el tiempo, me refiero, no por la edad), han tenido más oportunidades de incomprensiones…
Autor: Enrique García-Máiquez
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