Antes de que llegue San Valentín, quiero confesar: «No soy una persona romántica». Nunca lo he sido y, a estas alturas, ya no pienso hacer esfuerzos por aparentarlo. Las cenas con velas me parecen una trampa logística, los globos con forma de corazón despiertan en mí una mezcla de miedo y sospecha, y el famoso “contigo pan y cebolla” siempre me ha parecido precioso… dicho por alguien que no ha tenido que cuadrar un presupuesto real a final de mes. Y, sin embargo —paradojas de la vida— creo profundamente en el amor. En su belleza. En su fuerza. Y en su misteriosa capacidad para ordenarnos por dentro sin pedir permiso.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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