En estos días de Navidad he vuelto a descubrir que los niños no miran: revelan. No se sitúan frente a la realidad como quien la examina, sino que la atraviesan con los ojos abiertos, desarmados, como si todavía no hubieran aprendido a defenderse del asombro. En su mirada no hay estrategia ni interpretación. Hay una verdad desnuda que no se explica: acontece.
Autor: Matilde Latorre de Silva
7 pasos para una parroquia: de tener «consumidores de sacramentos» a multiplicar los discípulos
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