Por Anthony Esolen
Doy por sentado que Dios manda solo lo que es bueno para nosotros y prohíbe únicamente lo que es malo, lo cual a veces implica no permitir a otros hacer el mal. Somos seres sociales, y el permiso se desliza hacia la participación, la participación hacia la aprobación, y la aprobación termina exigiendo celebración, e incluso compulsión.
Así comenzó la idolatría de Salomón, cuando buscó esposas fuera de Israel. Para cuando Ajab estaba en el trono de Israel con la malévola Jezabel, la lealtad a Dios podía costarte la vida. Abdías, mayordomo de Ajab, tuvo que esconder en una cueva a ciento cincuenta profetas del Señor para protegerlos del odio asesino de Jezabel.
Si eso no fuera suficiente, Ajaz, rey de Judá, volviéndose hacia los dioses de Asiria, “cortó en pedazos los utensilios de la casa de Dios, cerró las puertas del templo del Señor, y…
Autor: The Catholic Thing
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