Belén, pequeña aldea de Judá, fue testigo del sublime y paradójico acontecimiento: el nacimiento del Rey de Reyes. Aquel niño recién nacido, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, era el Verbo eterno de Dios hecho carne (cf. Jn 1,14). No hubo palacio ni cortejos, sino una cueva de animales y unos pobres pastores por testigos. La tradición cristiana siempre ha visto en esta escena la manifestación de la “lógica de Dios”, tan distinta de la del mundo. San Agustín lo expresa con asombro: «Jesús yace en el pesebre, pero lleva las riendas del gobierno del mundo; toma el pecho, y alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, y nos viste a nosotros de inmortalidad». La infinita grandeza divina se reveló en la fragilidad de un niño.
Aquella Nochebuena, el Creador del universo quiso experimentar la pobreza extrema. No hubo lugar en la posada para José y…
Autor: INFOVATICANA
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