Hay etapas de la vida que una preferiría conservar en el cajón de “cosas que jamás contaré en público”. Pero, siendo honestos, casi todos hemos pasado por esa fase en la que una cree que la rebeldía es un talento natural y que el mundo entero debe agradecerte la originalidad. En mi caso, la adolescencia fue un cóctel estético y espiritual francamente cuestionable: una mezcla entre hippie trasnochada, skater sin tablas suficientes y filósofa de cafetería, convencida de que alejarse de la Iglesia era parte del “pack completo” del espíritu libre.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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