Hace tiempo que «polarización» se ha convertido en una palabra comodín, un mantra que los obispos, ciertos prelados e incluso el mismísimo Papa repiten como si fuera el origen de todos los males. ¡Cuidado con los extremos!, nos dicen, como si los problemas de la Iglesia y del mundo se redujeran a una pelea entre dos posturas igualmente absurdas.
Pero, ¿es eso cierto? Reflexionemos un momento. Si mañana alguien se pone de moda diciendo que 2+2 son 8 y yo insisto en que es 4, no se puede afirmar que el problema es la polarización. La situación no se polariza porque yo me aferre a la verdad. Sin embargo, parece que, para algunos, la solución sería buscar un punto intermedio y concluir que 2+2 son 6. Al fin y al cabo, un consenso en la mentira es mucho más fácil de digerir que un desacuerdo firme basado en principios.
Esta narrativa de la polarización es una trampa…
Autor: Jaime Gurpegui
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