Por las mañanas, si salgo de casa a mi hora, me cruzo en la acera con un señor que siempre pasa por mi calle puntual como un reloj camino de su trabajo. Perfectamente vestido, con traje, abrigo y zapatos impecables. Cara alargada de piel pálida, nariz aguileña, mirada aguda y una expresión gélida. Es ya bastante mayor, seguro que podía haberse jubilado hace tiempo, así que por las trazas y la edad he deducido que posiblemente sea un abogado dueño de su propio bufete.
Autor: Carmen Cabeza
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