Llegué a México con algunas heridas abiertas en el alma, buscando una misión que diera sentido a un presente que se me escapaba como arena entre los dedos. Era una llegada más interior que geográfica, como un Navy Seal que acepta la misión sin preguntar, confiando en que lo que parecía una huida se convertiría en la experiencia que daría sentido absoluto a mi fe adulta. México, vasto y complejo, me recibió como quien recibe a un peregrino antiguo: con un abrazo áspero y luminoso, con calles llenas de vida y un trasfondo de sufrimiento que latía en silencio. Siempre había sido mariana, pero la Virgen de Guadalupe ocupaba en mi vida un lugar difuso, casi simbólico, hasta ahora, sólo era el día del cumpleaños de mi padre, pero fue aquel 12 de diciembre en el Tepeyac, donde sin buscarlo, mi historia se reescribió desde la raíz.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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