En el corazón de Castilla, en la bellísima comarca de los Montes de Torozos, al pie del Camino Francés, se custodia nada menos que una espina de la corona de Cristo. La trajo desde Francia, donde Luis VII se la entregó como preciadísimo obsequio, doña Sancha, hermana del emperador Alfonso VII de León y Castilla. Como relicario, la infanta castellana fundó en 1147 el monasterio por ello llamado de la Santa Espina, encomendado al Císter. San Bernardo, el dictador espiritual del siglo XII, no dudó en confiar a su hermano, Nivardo, esa fundación que nos permite contemplar, especialmente en la asombrosa iglesia conventual o en la pequeña joya gótica de la sala capitular, una de las mejores muestras en España de la arquitectura cisterciense, insuperable por su elegancia y poderosa sencillez. El monasterio de la Santa Espina es una de esas maravillas de la España hoy casi…
Autor: Rafael Sánchez Saus
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