En la tradición católica, la escena de la Natividad está envuelta en un profundo silencio sagrado. No es un silencio vacío, sino lleno de asombro y de presencia divina. San Agustín captó con maravilla esta paradoja al afirmar que Cristo fue “bello en cuanto Palabra nacida sin habla”, pues aun recién nacido, incapaz de hablar humanamente, “hablaron los cielos, proclamaron alabanzas los ángeles, [y] una estrella guió a los magos” hacia Él. Es decir, el Verbo eterno llegó al mundo callando, y en ese silencio el resto de la creación elevó su voz: los coros celestiales entonando “Gloria a Dios en el cielo” y la estrella de oriente guiando a los buscadores de la verdad. “Mientras todo estaba en quietud y silencio, y la noche llegaba a la mitad de su curso, tu Palabra omnipotente descendió del cielo desde el trono real” dice la Escritura, subrayando que Dios…
Autor: INFOVATICANA
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