La oración a lo largo del día es una costumbre practicada y recomendada desde los primeros siglos del cristianismo. Ya en el siglo IV, el santo y padre del desierto Macario reiteraba la bienaventuranza de «aquel que persevera, sin cesar… en el nombre de Nuestro Señor».
Era al parecer una referencia a la conocida como oración de Jesús, consistente en incorporar la oración al ritmo de la respiración, repitiendo al inspirar «Señor Jesús, hijo de Dios» y al espirar «apiádate de mí, pecador». El devocionario cristiano tiene tantas oraciones como minutos tiene el día, de modo que hay una para cada momento o situación de la jornada y de la propia vida.
Además de una sana costumbre, el director de Religión en Libertad, Álex Rosal, observa que la oración continuada es también una necesidad para todos los hombres, «frágiles, débiles» y rodeados de contratiempos,…
Autor: José María Carrera
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