Pocas cosas generan hoy tanta incomodidad como hablar del decoro al vestir sin pedir perdón antes. Es un asunto que parece exigir una declaración preventiva de inocencia: aclarar que una no pertenece a ninguna secta ultraconservadora, que no suspira por el regreso del corsé ni pretende dictar normas universales desde una superioridad moral imaginaria. Así que empecemos por ahí. No soy una mojigata, no vivo en una burbuja ética ni me anima la nostalgia de un pasado que probablemente nunca existió. Simplemente creo —cada vez con mayor claridad— que el decoro tiene mucho más que ver con la dignidad que con la censura.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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