Hay momentos en los que la voz se quiebra, y el alma queda muda, atrapada entre el dolor y la incredulidad. No hay palabras que salven; no hay fórmulas que consuelen. Sin embargo, Dios no se ha ido. Permanece allí, en el silencio, sosteniéndonos sin exigir nada, respirando con nosotros, compartiendo nuestra carga invisible.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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