José Cobo no gobierna Madrid desde la autoridad serena del pastor legítimamente reconocido, sino desde el complejo permanente de quien sabe que llegó donde está por una vía anómala. Su problema no es coyuntural ni fruto de una “campaña”: es estructural. No figuraba en la terna propuesta para la sede madrileña, no estaba entre los nombres recabados por la nunciatura tras largos y serios diálogos con la Iglesia local, y aun así terminó ocupando una de las sedes más relevantes del mundo católico. Un aterrizaje forzado, una excentricidad de Francisco, muy atípica en términos eclesiales, que explica buena parte de su conducta posterior.
Ese nombramiento se produjo cuando la Congregación para los Obispos estaba presidida por un prefecto recién llegado, el cardenal Prevost, hoy Papa León XIV, que pudo contemplar sin intermediarios la cadena de decisiones extrañas que…
Autor: Redacción
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