Una cosa es el «apostolado de amistad y confidencia», y otra distinta el de «mimetismo y concesión». Obsérvese que el padre del hijo pródigo en la famosa parábola recibió al niño con la mayor de las alegrías, pero no dejó su casa para ir a buscarlo y todavía menos se empleó como cuidador de cerdos. Tampoco el pastor que sale a buscar a la oveja descarriada se queda triscando por los montes. La trae al redil a rastras.
Hablar con todos, comprenderlos a todos y quererlos a todos no exige renunciar a lo nuestro. Al contrario. Además, a quien no piensa como nosotros le pasa exactamente como a nosotros. ¿No estamos encantados de tener amigos muy diversos y hasta presumimos bastante de tolerancia gracias a eso? Pues a ellos les pasa igual, y les resulta más atractivo ir por ahí diciendo que, a pesar de las enormes diferencias, son grandes amigos de un ultramontano recalcitrante que…
Autor: Enrique García-Máiquez

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