Queridísimo santo Padre, queridos padres y pastores del pueblo de Dios, queridos hermanos.
Cuando me convertí en mi adolescencia y conocí la realidad de la Iglesia, quedé sobrecogido por la belleza de su verdad. Todos mis esquemas mentales se fueron dilatando, mientas caían las barreras de las falsas ideas que me había construido para justificar mi modo de vida. La verdad que sostenía la Iglesia me resultó tan luminosa que derrotó al último enemigo que podía resistirse a su claridad: yo mismo. Siempre he dicho que la Iglesia me salvó de mí mismo, de la estrechez de mis pensamientos, de mis prejuicios.
Muchos me consideran un sacerdote “conservador” o “tradicional”. Yo no me considero así. Muchas veces las etiquetas están en los ojos del que mira. He hecho alabanzas bailando y alzando las manos con la Renovación Carismática, he cantado emocionándome a…
Autor: Estamos en Sus Manos
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