Con todo lo bueno que es que las denominadas “oraciones de alabanza” se hayan convertido en moneda de uso corriente por doquier en la Iglesia, hay actitudes, lenguajes y prácticas que no dejan de llamarme poderosamente la atención.
Las comentábamos ayer en casa Cristy y yo, después de la cena, y ahora las vuelco en el blog como un desahogo que, en el fondo, tiene la pretensión de llamar la atención sobre un fenómeno que no está exento de su dosis de contradicciones.
Claramente, es bueno que la gente pase por la experiencia de Pentecostés y viva la frescura de encontrarse con el Señor en oraciones ungidas. A la vez, se observa cómo estos impulsos iniciales de gracia, acaban siendo traducidos a la experiencia de cada cual, y a veces se dan resultados de lo más curiosos en los que se quiere mezclar la unción del Espíritu, con prácticas y devociones que personalmente…
Autor: Una iglesia provocativa
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